Padre Fundador

Maximiano Fernández del Rincón y Soto-Dávila (1835-1907)

Breve biografía: Fundador de las Religiosas de la Presentación, Maximiano Fernández del Rincón y Soto-Dávila, nació en Jaén el 21 de agosto de 1835. A los diecisiete años ingresó en el Seminario San Felipe Neri de Baeza.

Se ordenó sacerdote a los 24 años. Desde entonces, además del profesorado, desempeñó cargos de director espiritual, vicerrector y finalmente, rector del Seminario.

Al cumplir los treinta y un años tomó posesión de la parroquia del Sagrario de Jaén y allí funda y dirige la Revista Fe Católica. España vivía tiempos difíciles. La confusión era grande y Maximiano aclaraba ideas desde su revista, aunque no a gusto de todos, lo que le costó estar preso veinte días.

También en la Iglesia había inquietud. Se celebraba el Concilio Vaticano I, y las opiniones eran muy encontradas. Hizo de su revista como un diario del Concilio, con tanto éxito que el Papa Pio IX le escribió dándole la enhorabuena y animándole a “seguir en la lucha en defensa de la fe y del pueblo de Dios.

Por circunstancias dolorosas tuvo que salir de la ciudad y marchó a Granada, donde obtuvo por oposición la canonjía lectoral. Ingresó de profesor en el Seminario de esta ciudad como doctor en Teología y Derecho Canónico. Durante veinte años estuvo en Granada, donde todos pudieron contemplar su celo sacerdotal, sus virtudes y su amor a los más necesitados.

En 1880, en Granada también, fundó la Congregación de Hermanas de la Presentación, como réplica al ateismo. Sin medios materiales y entre muchas dificultades, su espíritu apostólico y emprendedor salió adelante con la obra ayudado por la M. Fundadora, Teresa de la Asunción Martínez y Galindo. En 1891 lo hicieron Obispo de Teruel, de cuya ciudad hubo de salir por cuestiones políticas en 1893. Desde entonces, hasta su muerte, ocurrida el 24 de julio de 1907 fue Obispo de Guadix-Baza.

Hombre sencillo, trabajador incansable, movido por un inmenso amor a Dios y a los hombres, no reparó en dificultades ni trabajos en su celo por defender a Dios y a la Iglesia.

Tenía un carácter enérgico, fuerte, vehemente, muy sensible. Su exquisita caridad la demostró con todos los que le rodeaban: presos, enfermos, ancianos, pobres. Sentía una gran misericordia y cercanía con los más necesitados. Destacaba en su amor a la Virgen y a los niños; su amistad era sencilla y profunda.