Madre Fundadora

Teresa de la Asunción Martínez y Galindo (1850-1907)

Breve Biografía: Confundadora de las Religiosas de la Presentación en 1880, M. Teresa de la Asunción Martínez y Galindo, nace en Baeza, el 22 de enero de 1850. A los 13 años fue internada como educanda en el Colegio de Santa María Magdalena de Baeza. Allí conoció al Padre Fundador que era confesor de las niñas de aquel colegio. A los 15 años de edad ingresa en el Convento de San Antonio de Padua, de monjas clarisas. Tomó el hábito el 22 de noviembre de 1866 y, con 17 años, emitía su profesión religiosa el 23 de abril de 1867. En 1875 recibe la invitación de D. Maximiano para colaborar en el Instituto de religiosas educadoras que se llamará de la “Presentación de la Virgen María”, la cuál acepta. El 20 de enero de 1879 se traslada a la comunidad de clarisas, en el convento de Santa Inés, en Granada, para preparar la fundación. Fallece en Granada el 29 de marzo de 1907. Era Viernes Santo.

Dios la preparó en el claustro para una obra de predilección. Por eso le dispuso el camino para el ingreso entre las hijas de Sta. Clara, a fin de que se impregnara bien del espíritu de la sencillez franciscana, del amor a la oración de los contemplativos y de la generosa abnegación de los que han de trabajar por los demás en la tareas sacrificadas del apostolado.

Luego, el mismo Dios la hizo enlazar sus caminos con los de un hombre excepcional, que proyectaba una obra de servicio educativo y precisaba una firme columna de fe, de inteligencia y de heroísmo. Ese hombre fue el futuro Obispo D. Maximiano Fernández del Rincón, a quien ella no tuvo más remedio que secundar, porque tal era la inspiración que bullía en su corazón desprendido y en su mente abierta a las necesidades del prójimo.

Resultó una excelente y humilde colaboradora de ese hombre generoso. Pero también ella brilló con personalidad propia, infundiendo en sus compañeras de empresa el espíritu sobrenatural que la animaba. Así nació la Congregación de las “Religiosas de la Presentación de la Virgen María”, de Granada, de las que fue el alma y soporte en el interior, como D. Maximiano lo fue desde el exterior.

Alma mística y profunda, de sentido práctico admirable, sufrida y silenciosa hasta límites sorprendentes, pasó el resto de sus días sembrando el amor a Jesús y a la Iglesia, hablando de trabajo y de servicio, ofreciendo ejemplos hermosos de desprendimiento, abriendo caminos de vida cristiana a las muchas alumnas que se fueron acercando a sus centros. Ella, que había nacido para la paz y el silencio, supo ser modelo y mensaje de trabajo y sacrificio por Dios.